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11 de septiembre de 2008

La fuga de nuestros "abuelos"

Hace unos días leí en la edición impresa andaluza de "El País" un artículo que me dejó un poco sorprendido y bastante más indignado, ya que descubrí un hecho desconocido para mí y creo que para mucha gente.

Como algunos sabrán, Andalucía posee un gran número de árboles centenarios en su extenso campo. Auténticos monumentos naturales en forma de olivos, algarrobos o encinas, que han visto florecer y decaer distintas civilizaciones a su alrededor mientras ellos permanecían imperturbables al paso del tiempo. Árboles cuya sombra ha cobijado a incontables hombres y bestias, cuyos frutos han alimentado a un sinfín de seres; árboles que sin duda han dado lugar a innumerables retoños cuyas sombras y frutos han sido y seguirán siendo útiles.

Acebuche del Espinillo (Huelva)

Pues bien, como de todo hay que sacar tajada en esta vida, hasta estos ancianos se han visto salpicados por el afán de comprarlo todo y el de destruir por destruir (siempre con dienero de por medio) que nos invade de un tiempo a esta parte. Resulta que existen empresas especializadas en vender árboles centenarios a través, generalmente, de internet. Los clientes son particulares e instituciones pudientes de países como Francia, Italia o Suiza, que ven como un signo de prestigio el poseer estos ejemplares en sus jardines públicos y particulares. El problema es que se ha puesto de moda, y Andalucía exporta en torno al millar de árboles centenarios al año. Ya sólo nos quedan unos 500 árboles con más de cinco siglos y unos pocos milenarios.

Los afortunados propietarios de fincas agrícolas con este tipo de árboles obtienen hasta 12.000 euros por ejemplar, cifra que se quintuplica al llegar al comprador final (es decir, una barbaridad). Con esos precios, ¿quién iba a resistirse? No culpo a los agricultores que ven un dinero fácil delante de sus ojos, pero creo que las administraciones deberían tomar cartas en el asunto de inmediato. Pienso que estos árboles forman parte de nuestro patrimonio natural más valioso, y que deberían protegerse como ejemplares singulares que son. ¿Por qué la gente no lo valora así? ¿Qué pasaría si se fueran llevando la Alhambra de Granada, trocito a trocito, a otros países para descansar en salones particulares?

Al parecer el asunto afecta también a Cataluña y Valencia, lugar este último donde ya se ha creado una norma que regula este comercio. Aquí como siempre destacamos por la pasividad ante los abusos ambientales, y el empleo de tiempo y dinero en lavados de cara y otros menesteres.

Quizá el tema me haya tocado un poco más de cerca, porque la imagen que ilustraba el artículo en el periódico pertenecía a un magnífico acebuche centenario de Aguamarga (Almería) que visité justo unos días antes de leer la noticia. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Os parece correcto el permitir tan desconsiderado expolio de nuestro campo? ¿Qué será lo próximo? De esto último, prefiero no saber la respuesta.

14 de julio de 2008

Incendios: ¿por qué son un problema?

El fuego es una perturbación natural en buena parte de los bosques y matorrales del planeta, y la mayoría de las plantas situadas en zonas donde los incendios son relativamente habituales han desarrollado una resistencia a los mismos. Las plantas quemadas de algunas especies pueden regenerarse vegetativamente mediante rebrotes, mientras que otras poseen semillas capaces de sobrevivir al fuego enterradas en el suelo. Los incendios pueden favorecer el desarrollo de nuevas plántulas que, al verse liberadas de la cobertura arbórea que limitaba su acceso a la radiación solar, permiten regenerar un bosque viejo.

En áreas de clima similar al nuestro, como California, África del Sur y Australia, el tiempo que pasa hasta que una zona quemada vuelve a arder es de unos 20-70 años; mientras que en la región mediterránea este tiempo asciende hasta unos 230 años. Por tanto, la frecuencia de fuegos debida a causas naturales en los bosques mediterráneos es relativamente baja en comparación con otros bosques de clima parecido.

En condiciones naturales, prácticamente todos los incendios son causados por rayos, y sin embargo en España sólo el 3'8% de los incendios forestales se deben a este factor. La presión humana ha incrementado exponencialmente la frecuencia de incendios en las últimas décadas, haciendo que en muchos casos el fuego se produzca en áreas recientemente quemadas (períodos de 15-20 años entre incendios), por lo que muchas plantas leñosas mueren antes de llegar a producir semillas viables. Como consecuencia, el ecosistema va progresivamente degradándose, entrando en una espiral creciente de gravedad debido a que la erosión del suelo reduce las posibilidades de regeneración natural.

La disposición en mosaico de la vegetación natural (bosquete, prado, matorral), así como la combinación natural de especies con diferente grado de resistencia al fuego, dificultan la propagación de los incendios (siendo raro en áreas de vegetación natural que éstos superen las 500 ha de extensión). Por el contrario, la disposición homogénea de las repoblaciones a lo largo de grandes extensiones, y la composición monoespecífica del bosque (con especies altamente inflamables como los eucaliptos y pinos típicos) facilitan enormemente la propagación del fuego.

Por todo ello los incendios han pasado de ser un componente natural de las comunidades terrestres a convertirse en una perturbación realmente negativa. El cóctel resultante de unir un elevado número de incendios provocados con grandes extensiones de repoblaciones de especies altamente inflamables, ha llevado a que la superficie forestal quemada cada año aumente exponencialmente desde 1960 hasta la actualidad.

Todos pensamos en una correcta concienciación ciudadana del problema como solución, pero creo que igual o más importante sería llevar a cabo una adecuada planificación y gestión de las masas forestales y arbustivas, que favorezca el crecimiento de la vegetación natural resistente al fuego y el paisaje en mosaico que dificulta la expansión de los incendios.

Fuente: Departamento de Ecología, Universidad de Granada